El Americano
El Americano —Jamás ha habido una mujer que fuese tan buena como parece serlo esta mujer —dijo—. Recuerde cómo llama Shakespeare a Desdémona: «una veneciana supersutil». Madame de Cintré es una parisina supersutil. Es una mujer encantadora, y tiene méritos a pares; pero a usted más le valdrÃa tener eso presente.
¿No estarÃa descubriendo la señora Tristram que, sencillamente, tenÃa celos de su querida amiga del otro lado del Sena, y que al proponerse dotar a Newman de una esposa ideal habÃa confiado demasiado en su propio desinterés? Nos podemos permitir ponerlo en duda. La inconsecuente damita de la Avenue d’Iéna tenÃa una necesidad insuperable de cambiar de sitio, intelectualmente hablando. PoseÃa una viva imaginación, y era capaz, en ciertas ocasiones, de imaginarse el polo opuesto de sus creencias más caras con una intensidad superior a la de la convicción. Se cansaba de pensar como es debido, pero no habÃa ningún peligro en ello porque, de la misma manera, se cansaba de pensar mal. En lo más recio de sus misteriosos retorcimientos tenÃa admirables fogonazos de justicia. Uno de ellos sobrevino cuando Newman le contó que le habÃa hecho una proposición formal a madame de Cintré. Repitió en pocas palabras lo que habÃa dicho, y en muchas lo que ella habÃa respondido. La señora Tristram le escuchó con sumo interés.
—Pero al fin y al cabo —dijo Newman— no hay nada por lo que felicitarme. No es ningún triunfo.