El Americano
El Americano —Le ruego que me disculpe —dijo la señora Tristram—; es un gran triunfo. Es un gran triunfo que no le mandase callar a la primera palabra y le pidiese que no volviera a hablarle jamás.
—No lo veo asà —observó Newman.
—Por supuesto que no; ¡lÃbrele el cielo! Cuando le dije que siguiera su propio camino e hiciese lo que se le viniera a la cabeza, no tenÃa ni idea de que fuese a ir al grano tan aprisa. Jamás imaginé que se declararÃa usted después de cinco o seis visitas matinales. Hasta ese momento, ¿qué habÃa hecho usted para que ella le apreciase? Tan sólo quedarse sentado (y no muy derecho) y mirarla fijamente. Pero ella le aprecia.
—Eso está por ver.