El Americano

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Esta conversación tuvo lugar por la tarde, y media hora después Valentin dirigió a su camarada a un apartamento de la casa de la Rue de l’Université en el que aún no había entrado: el salón de la viuda marquise de Bellegarde. Era una habitación enorme y alta, con molduras recargadas y macizas pintadas de un gris blanquecino a lo largo de la parte superior de las paredes y del techo; una profusa tapicería desvaída, y cuidadosamente restaurada, en los dinteles de las puertas y en los respaldos de las sillas; una alfombra turca de colores claros sobre el suelo, todavía suave y mullida a pesar de su gran antigüedad, y los retratos de cada uno de los hijos de madame de Bellegarde a la edad de diez años colgados de una vieja mampara de seda roja. La habitación estaba iluminada —lo estrictamente necesario para conversar— con media docena de candelabros repartidos a grandes distancias por rincones apartados. Sentada en un mullido sillón, junto al fuego, había una anciana vestida de negro; en el otro extremo de la habitación había una persona al piano, tocando un vals muy expresivo. En esta última persona Newman reconoció a la joven marquise de Bellegarde.





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