El Americano
El Americano Valentin presentó a su amigo, y Newman se dirigió a la vieja dama que estaba junto al fuego y le estrechó la mano. Tuvo una impresión fugaz de un rostro blanco, delicado y envejecido, con la frente alta, una boca pequeña y un par de fríos ojos azules que conservaban mucha de la frescura de la juventud. Madame de Bellegarde le miró con detenimiento y le devolvió el apretón de manos con una especie de flema británica que a Newman le recordó que era la hija del conde de Saint Dunstan’s. Su nuera dejó de tocar y le dedicó una agradable sonrisa. Newman se sentó y se puso a mirar a un lado y a otro, mientras Valentin iba a besar la mano de la joven marquesa.
—Debería haberle visto antes —dijo madame de Bellegarde—. Le ha hecho usted varias visitas a mi hija.
—Así es —dijo, sonriente, Newman—; a estas alturas, madame de Cintré y yo somos ya viejos amigos.
—Ha ido usted deprisa —dijo madame de Bellegarde.
—No tan deprisa como yo quisiera —dijo con osadía Newman.
—Ah, es usted muy ambicioso —respondió la anciana dama.
—Sí, confieso que lo soy —sonrió Newman.