El Americano

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Newman notó que no era fácil formarse un juicio; era una mujer terrible, inescrutable. Se parecía a su hija, y sin embargo era absolutamente distinta. Madame de Cintré tenía la misma tez, y la noble delicadeza de su frente y de su nariz era hereditaria. Pero su rostro era una copia más grande y más libre, y su boca en especial divergía felizmente de aquel orificio prudente, de aquel diminuto par de labios a la vez rollizos y apretados que, cuando estaban cerrados, no parecían capaces de abrirse más que lo justo para tragarse una grosella o emitir un «¡Ay, Dios mío!», que con toda probabilidad pensaba que añadía la pincelada final a la lindeza aristocrática de lady Emmeline Atheling[15] tal y como la habían retratado, cuarenta años atrás, en varios Books of Beauty[16]. El rostro de madame de Cintré tenía, a juicio de Newman, un abanico expresivo tan deliciosamente vasto como la extensión de una pradera del Oeste con vientos racheados y salpicada de nubes. En cambio, el semblante blanco, intenso y respetable de su madre, con su mirada formal y su sonrisa limitada, sugería un documento firmado y sellado; algo hecho con pergamino, tinta y líneas regladas. «Es una mujer de fuertes convicciones y decoro —se dijo para sus adentros mientras la miraba—; su mundo es el mundo de las cosas sometidas a una sentencia inmutable. Pero ¡qué cómoda vive en él, y qué paraíso es para ella! Se pasea por él como si fuera un parque florido, un Jardín del Edén; y cuando ve un mojón donde está escrito “Esto es distinguido” o “Esto es impropio”, se detiene estáticamente, como si estuviera escuchando un ruiseñor u oliendo una rosa». Madame de Bellegarde llevaba atada bajo la barbilla una pequeña capucha de terciopelo negro, y estaba envuelta en un viejo chal negro de cachemira.


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