El Americano
El Americano —¿Es usted americano? —dijo al poco rato—. He visto a varios americanos.
—Hay varios en ParÃs —dijo Newman jocosamente.
—¿Ah, sÃ? —dijo madame de Bellegarde—. Fue en Inglaterra donde los vi, o en algún otro sitio; en ParÃs, no. Creo que debió de ser en los Pirineos, hace muchos años. Tengo entendido que sus damas son muy bonitas. ¡Una de aquellas damas era muy bonita! ¡Una tez maravillosa! Me dio una carta de presentación de parte de alguien (no recuerdo quién) y mandó con ella una nota suya. Guardé la nota durante mucho tiempo, por lo extraño de su expresión. Me sabÃa algunas frases de memoria. Pero ya se me han olvidado; han pasado tantos años… Desde entonces no he visto más americanos. Creo que mi nuera sÃ; es una pindonga, ve a todo el mundo.
Al oÃr esto la joven dama se acercó entre frufrús, estrujándose la delgadÃsima cintura y lanzando ojeadas perezosamente absortas al frente de su vestido, sin duda diseñado para un baile. Era, de modo singular, a la vez fea y bonita; tenÃa ojos protuberantes y los labios eran de un rojo extraño. A Newman le recordaba a su amiga, mademoiselle Nioche; asà habrÃa querido ser aquella joven que a tantos obstáculos se enfrentaba. Valentin de Bellegarde la siguió a cierta distancia, dando saltitos para apartarse de la larga cola desplegada de su vestido.