El Americano
El Americano —DeberÃas enseñar más los hombros por atrás —le dijo con tono muy solemne—. Lo mismo te daba ponerte una gorguera que llevar un vestido como éste.
La joven se colocó de espaldas al espejo que habÃa sobre la chimenea y se echó un vistazo por detrás para comprobar la afirmación de Valentin. El espejo llegaba cerca del suelo, pero aun asà no reflejaba más que una gran superficie de carne desnuda. La joven marquesa se llevó las manos atrás y tiró hacia abajo de la cintura del vestido.
—¿Asà quieres decir? —preguntó.
—Eso está un poco mejor —dijo Bellegarde con el mismo tono—, pero deja mucho que desear.
—Oh, nunca exagero las cosas —dijo su cuñada. Y luego, dirigiéndose a madame de Bellegarde—: ¿Cómo me acaba de llamar, madame?
—Te he llamado pindonga —dijo la anciana dama—. Pero también te podrÃa llamar otra cosa.
—¿Pindonga? ¡Vaya palabra más fea! ¿Qué significa?
—Una persona muy hermosa —se atrevió a decir Newman, al ver que era una palabra francesa.
—Es un bonito cumplido, pero una mala traducción —dijo la joven marquesa. Y acto seguido, mirándole un momento—: ¿Baila usted?
—Ni un paso.