El Americano

El Americano

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—Hace usted muy mal —se limitó a decir ella. Y después de dar otro vistazo a su espalda en el espejo, se alejó.

—¿Le gusta París? —siguió la vieja dama, que evidentemente se estaba preguntando cuál sería el mejor modo de hablarle a un americano.

—Sí, mucho —dijo Newman. Y añadió con una entonación amistosa—: ¿A usted no?

—No puedo decir que lo conozca. Conozco mi casa, conozco a mis amigos… no conozco París.

—Ah, se pierde usted mucho —dijo Newman con tono de condolencia.

Madame de Bellegarde le clavó la vista; posiblemente fuese la primera vez que alguien la compadecía por sus pérdidas.

—Estoy satisfecha con lo que tengo —dijo con dignidad.

En ese preciso momento, los ojos de Newman estaban vagando por la habitación, que le pareció un tanto triste y raída; pasaron desde los altos ventanales de bisagras y los recios marcos de sus pequeños cristales hasta los tonos cetrinos de dos o tres retratos al pastel, del siglo pasado, que colgaban entre ellos. Por supuesto, tendría que haber respondido que la satisfacción de su anfitriona era lo natural: poseía un montón de cosas. Pero la idea no se le ocurrió durante la breve pausa que vino a continuación.


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