El Americano
El Americano —Bueno, querida madre —dijo Valentin, acercándose a apoyarse en la chimenea—, ¿qué piensas de mi querido amigo Newman? ¿Es o no el tipo excelente del que te hablé?
—Mi relación con el señor Newman no ha ido muy lejos —dijo madame de Bellegarde—. Por ahora sólo puedo apreciar su gran cortesÃa.
—Mi madre es una gran juez en estas cuestiones —le dijo Valentin a Newman—. Si le ha satisfecho, es un triunfo.
—Espero que habré de satisfacerle, algún dÃa —dijo Newman dirigiéndose a la vieja dama—. Aún no he hecho nada.
—No debe escuchar a mi hijo; le meterá en lÃos. Es un infeliz tarambana.
—Ah, yo le aprecio… le aprecio —dijo cordialmente Newman.
—Le divierte, ¿eh?
—SÃ, desde luego.
—¿Oyes esto, Valentin? —dijo madame de Bellegarde—. Diviertes al señor Newman.
—¡Puede que todos lleguemos a ese punto! —exclamó Valentin.
—Debe ver a mi otro hijo —dijo madame de Bellegarde—. Vale mucho más que éste. Pero no le divertirá.