El Americano
El Americano —¡No sé… no sé! —murmuró reflexivamente Valentin—. Aunque en seguida lo sabremos. Aquà llega monsieur mon frère.
La puerta se acababa de abrir para dar acceso a un caballero de cuyo rostro se acordaba Newman. HabÃa sido el autor del desconcierto de nuestro héroe la primera vez que intentó presentarse ante madame de Cintré. Valentin de Bellegarde fue al encuentro de su hermano, le miró un instante y después, cogiéndole del brazo, le llevó hasta Newman.
—Éste es mi excelente amigo el señor Newman —dijo melosamente—. Tienes que conocerle.
—Estoy encantado de conocer al señor Newman —dijo el marqués, haciendo una profunda reverencia pero sin ofrecerle la mano.
«Es la viva imagen de la vieja», se dijo Newman para sus adentros a la vez que devolvÃa el saludo a monsieur de Bellegarde. Y éste fue el punto de partida para elaborar, mentalmente, una teorÃa especulativa respecto a que el difunto marqués habÃa sido un extranjero muy afable y que tendÃa a tomarse la vida con tranquilidad; Newman tuvo la sensación de que al marido de la altisonante dama sentada junto al fuego le habÃa sido difÃcil hacerlo. Pero si habÃa hallado poco consuelo en su esposa, no asà en sus dos hijos menores, que habÃan sido enteramente de su gusto, mientras que madame de Bellegarde habÃa formado pareja con su primogénito.