El Americano

El Americano

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—Mi hermano me ha hablado de usted —dijo monsieur de Bellegarde—; y puesto que también tiene usted trato con mi hermana, ya era hora de que nos conociésemos —se volvió hacia su madre y se inclinó galantemente sobre su mano, rozándosela con los labios, tras lo cual se apostó delante de la chimenea. De cara larga y enjuta, nariz aguileña y pequeños ojos opacos, tenía mucho aspecto de inglés. Sus bigotes eran rubios y lustrosos, y tenía un gran hoyuelo, de origen inconfundiblemente británico, en medio de la augusta barbilla. Era «distinguido» hasta la punta de sus uñas bruñidas, y no había un solo movimiento en su elegante persona perpendicular que no fuese noble y majestuoso. Hasta ahora, Newman nunca se había enfrentado a una encarnación semejante del arte de tomarse a uno mismo en serio; sintió una especie de impulso de dar un paso atrás, como cuando se busca una perspectiva de una gran fachada.

—Urbain —dijo la joven madame de Bellegarde, que aparentemente había estado esperando a su esposo para que la llevase al baile—, dirijo tu atención al hecho de que estoy vestida.

—Es una buena idea —murmuró Valentin.

—Estoy a tus órdenes, mi querida amiga —dijo monsieur de Bellegarde—. Permíteme tan sólo que converse primero un poco con el señor Newman.


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