El Americano

El Americano

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—Ah, si van ustedes a una fiesta, no quisiera retenerlos —objetó Newman—. Estoy seguro de que volveremos a vernos. De hecho, si quiere conversar conmigo me alegraré de fijar una hora —dijo. Estaba impaciente por dejar claro que respondería de buen grado a todas las preguntas y satisfaría todos los requerimientos.

Monsieur de Bellegarde permaneció en una postura equilibrada frente al fuego, acariciándose un lado del rubio bigote con una de sus blancas manos y mirando a Newman de refilón, con unos ojos desde los cuales un singular destello observador se abrió paso a través de una sonrisa general y sin sentido.

—Es muy amable por su parte hacer un ofrecimiento así —dijo—. Si no me equivoco, sus ocupaciones son tales que convierten su tiempo en oro. Está usted en… esto… como decimos aquí, dans les affaires.

—¿Metido en negocios, quiere usted decir? Ah, no, por el momento he tirado los negocios por la borda. Estoy «ganduleando», como decimos nosotros. Mi tiempo está a mi entera disposición.

—Ah, está usted tomándose unas vacaciones —replicó monsieur de Bellegarde—. «Ganduleando». Sí, he oído esa expresión.

—El señor Newman es americano —dijo madame de Bellegarde.

—Mi hermano es un gran etnólogo —dijo Valentin.


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