El Americano
El Americano —No lo sé, de verdad. No puedo mantenerme al corriente. No la comprendo. Tiene algo en la cabeza; no sé qué es lo que intenta hacer. Es demasiado misteriosa para mÃ.
—¿Sigue yendo al Louvre? ¿Me ha hecho ya alguna de esas copias?
—Va al Louvre, pero yo de las copias no veo nada. Tiene algo en el caballete; supongo que será uno de los cuadros que usted encargó. Un encargo tan magnÃfico deberÃa darles alas a los dedos. Pero no es formal. No le puedo decir nada; le tengo miedo. El verano pasado, una tarde en que la llevé a pasear por los Campos ElÃseos, dijo unas cuantas cosas que me asustaron.
—¿Qué cosas?
—Excuse a un padre infeliz de contárselo —dijo monsieur Nioche mientras desdoblaba su pañuelo de calicó.