El Americano
El Americano Newman se prometió que le harÃa otra visita a mademoiselle Noémie en el Louvre. SentÃa curiosidad por ver cómo iban progresando sus copias, pero debe añadirse que aún sentÃa más curiosidad por el progreso de la propia joven. Una tarde se fue al gran museo y deambuló por varias de las salas, buscándola sin éxito. Estaba dirigiendo sus pasos hacia la gran sala de los maestros italianos cuando, de pronto, se encontró cara a cara con Valentin de Bellegarde. El joven le saludó con entusiasmo y le aseguró que le venÃa como caÃdo del cielo. Se sentÃa del peor de los humores y necesitaba alguien a quien llevarle la contraria.
—¿De mal humor entre todas estas cosas hermosas? —dijo Newman—. Pensaba que era usted muy aficionado a los cuadros, sobre todo si son viejos y negros. Hay dos o tres asà que deberÃan subirle los ánimos.
—Ah —contestó Valentin—, hoy no estoy de humor para cuadros, y cuanto más bellos son menos me gustan. Esos ojazos que te miran fijamente y esas posturas estáticas me resultan irritantes. Me siento como si estuviese en una fiesta enorme y aburrida, en una habitación llena de personas con las que no me apetece hablar. ¿Por qué habrÃa de importarme su belleza? Es una lata, y, lo que es peor, es un reproche. Tengo un montón de ennuis, me siento sañudo.
—Si tan poco consuelo le ofrece el Louvre, ¿por qué demonios ha venido? —preguntó Newman.