El Americano

El Americano

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—Ése es uno de mis ennuis. Vine a encontrarme con mi prima (una espantosa prima inglesa, de la familia de mi madre), que está pasando una semana en París con su marido y quiere que le indique las «principales bellezas». ¡Imagínese usted una mujer que va con un sombrero de cendal verde en diciembre y que lleva unas tiras colgando de los tobillos de sus interminables botas! Mi madre me suplicó que hiciese algo por complacerlos. Me he comprometido a hacer de valet de place esta tarde. Tenían que haberse reunido aquí conmigo a las dos, y llevo esperándolos veinte minutos. ¿Por qué no llega? Cuenta con un par de pies para traerla. No sé si estar furioso porque me han engañado, o encantado por haber huido de ellos.

—Creo que yo en su lugar estaría furioso —dijo Newman—, porque todavía pueden llegar, y entonces su furia aún le será útil. Mientras que si estuviese encantado y hubiesen de aparecer después, quizá no sabría usted qué hacer con su alegría.

—Me da usted un excelente consejo, y ya me siento mejor. Estaré furioso; dejaré que se vayan al diablo y yo me iré con usted… a no ser que, por un azar, también usted tenga una cita.

—No se trata exactamente de una cita —dijo Newman—. Pero, de hecho, he venido a ver a una persona, no un cuadro.

—¿Una mujer, quizá?


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