El Americano
El Americano —¡Vaya, vaya! —dijo entre risas—; ¡no me irá a decir ahora que no me conoce… porque no llevo un parasol blanco!
El sonido de su voz aguzó la memoria del otro. Su rostro se dilató hasta alcanzar su capacidad máxima, y también él estalló en risas.
—Vaya, Newman… ¡que me aspen! ¿Dónde demonios…?, confieso que… ¿quién lo habrÃa dicho? ¿Sabe?, está usted muy cambiado.
—Usted no —dijo Newman.
—Para mejor no, sin duda. ¿Cuándo llegó?
—Hace tres dÃas.
—¿Por qué no me avisó?
—No tenÃa ni idea de que usted estuviese aquÃ.
—Llevo aquà los seis últimos años.
—Habrán pasado seis o siete desde que nos conocimos.
—Algo asÃ. Éramos muy jóvenes.
—Fue en Saint Louis, durante la guerra. Usted estaba en el ejército.
—No, no, yo no. Pero usted sÃ.
—En efecto, eso creo.
—¿Salió bien parado?
—Salà con las piernas y los brazos de una pieza… y contento. Todo aquello suena muy lejano.
—Y ¿cuánto tiempo lleva en Europa?
—Diecisiete dÃas.