El Americano
El Americano —¿Es la primera vez?
—SÃ, asà es.
—¿Qué, hizo su sempiterna fortuna?
Christopher Newman permaneció callado un instante, y después, con una sonrisa apacible, respondió:
—SÃ.
—Y ha venido a ParÃs a gastársela, ¿eh?
—Bueno, ya veremos. Asà que aquà llevan estos parasoles… los hombres, ¿no?
—Por supuesto. Son unos chismes fantásticos. Aquà saben bien lo que es el confort.
—¿Dónde se compran?
—En cualquier sitio, en todas partes.
—Bueno, Tristram, me alegro de haberle pillado. Me podrá enseñar cómo funciona todo. Supongo que conocerá ParÃs de cabo a rabo.
El señor Tristram esbozó una melosa sonrisa de autocomplacencia.
—Bueno, supongo que no hay muchos hombres que me puedan enseñar nada nuevo. Yo me ocuparé de usted.
—Es una pena que no estuviese usted aquà hace unos minutos. Acabo de comprar un cuadro. Quizá hubiese podido ultimar el trato por mÃ.
—¿Ha comprado un cuadro? —dijo el señor Tristram, recorriendo las paredes con una mirada vaga—. Vaya, ¿acaso los venden?
—Estoy hablando de una copia.