El Americano
El Americano —Ah, ya entiendo. Éstos —dijo el señor Tristram, indicando con un gesto los ticianos y los vandykes—, éstos supongo que son los originales, ¿no?
—Eso espero —exclamó Newman—. No quisiera una copia de una copia.
—Ah —dijo misteriosamente el señor Tristram—, nunca se sabe. Imitan tan condenadamente bien, sabe usted… Es como los joyeros, con sus piedras falsas. Entre al Palais Royal, ahà mismo; verá la palabra «imitación» en la mitad de las vitrinas. La ley les obliga a ponerlo, ¿sabe?, pero es imposible distinguir entre una cosa y otra. A decir verdad —continuó el señor Tristram con una mueca—, no tengo nada que ver con la pintura. Dejo eso para mi esposa.
—Ah, ¿tiene esposa?
—¿No se lo habÃa dicho? Es una mujer muy agradable; debe conocerla. Está ahÃ, en la Avenue d’Iéna.
—¿Asà que ha sentado la cabeza: casa y niños y todo lo demás?
—SÃ, una casa de primera y un par de jovenzuelos.
—Bueno —dijo Christopher Newman, estirando un poco los brazos y soltando un suspiro—, le envidio.
—Ah, no, eso sà que no —respondió el señor Tristram, dándole un golpecito con el parasol.
—Disculpe, pero asà es.