El Americano

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—Bueno —dijo Newman—, si el viejo resulta ser un farsante, puede usted hacer lo que quiera. Me lavo las manos.

—En cuanto a la chica, puede usted estar tranquilo. No sé qué daño me puede hacer ella, pero no me cabe duda de que yo no puedo hacérselo.

—Me da la impresión —dijo Newman— de que forman ustedes buena pareja. Los dos son casos difíciles, y monsieur Nioche y yo, creo, somos los únicos hombres virtuosos que cabe encontrar en París.

Poco después monsieur de Bellegarde, como castigo a su frivolidad, recibió en la espalda un firme golpecito de un instrumento afilado. Al darse rápidamente la vuelta, descubrió que el arma era un parasol esgrimido por una dama que llevaba un sombrero de cendal verde. Los primos ingleses de Valentin habían estado flotando a la deriva sin piloto, y evidentemente consideraban que tenían un motivo para sentirse agraviados. Newman le dejó a la merced de ambos, pero con una fe infinita en la capacidad de Valentin para defender su propia causa.



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