El Americano
El Americano Estaba sentada en una silla baja, y a su lado, en una otomana, estaba Newman. Se inclinó un poco y le cogió la mano, que madame de Cintré le permitió retener por un instante.
—Eso significa que no he esperado en vano —dijo Newman. Ella le miró un momento, y Newman vio que sus ojos se llenaban de lágrimas—. Conmigo —continuó— estará usted tan segura… tan segura… —e incluso en su ardor titubeó un instante en busca de una comparación— tan segura —dijo con una especie de sencilla solemnidad— como en los brazos de su padre.
Ella siguió mirándole y sus lágrimas se hicieron más abundantes. Entonces, bruscamente, hundió el rostro en el brazo acojinado del sofá que había junto a su silla y prorrumpió en sollozos silenciosos.
—Soy débil… soy débil —le oyó decir Newman.
—Razón de más para que se entregue usted a mí —respondió él—. ¿Qué es lo que la aflige? Nada de lo que hay aquí debería afligirla. No le ofrezco más que felicidad. ¿Tan difícil resulta creerlo?