El Americano

El Americano

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—A usted todo le parece sencillo —dijo ella alzando la cabeza—. Pero las cosas no son así. Usted me agrada enormemente. Me gustaba usted hace seis meses, y ahora estoy segura de ello, de la misma manera que usted dice estar seguro. Pero no es fácil, simplemente por eso, decidir casarme con usted. Hay muchísimas cosas en las que pensar.

—Sólo tendría que haber una cosa en la que pensar: que nos amamos —dijo Newman. Y como ella guardaba silencio, añadió rápidamente—: Muy bien; si no puede aceptar eso, no me lo diga.

—Me encantaría no pensar en nada —dijo al fin—; no pensar en absoluto; tan sólo cerrar los ojos y entregarme. Pero no puedo. Soy fría, soy vieja, soy cobarde; jamás imaginé que volvería a casarme, y me resulta muy extraño que le haya estado escuchando. Cuando, de niña, me ponía a pensar en lo que haría si me casaba libremente, por elección propia, pensaba en un hombre muy distinto de usted.

—Eso no dice nada en mi contra —dijo Newman con una sonrisa inmensa—; su gusto aún no se había formado.

Su sonrisa provocó la de madame de Cintré.

—¿El suyo está formado? —preguntó. Y después dijo, en un tono diferente—: ¿Dónde desea vivir?

—En cualquier parte del ancho mundo que usted desee. Eso lo podemos arreglar fácilmente.


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