El Americano
El Americano —No sé por qué se lo pregunto —continuó ella al punto—. Poco me importa. Creo que si me casase con usted podrÃa vivir casi en cualquier sitio. Se ha hecho unas cuantas ideas falsas de mÃ; piensa usted que necesito muchÃsimas cosas… que he de tener una rutilante vida mundana. Estoy segura de que está usted dispuesto a tomarse muchas molestias para darme cosas asÃ. Pero eso es muy arbitrario; no le he dado ninguna prueba al respecto —volvió a hacer una pausa, mirándole, y su mezcla de sonido y silencio le resultó tan dulce a Newman que no tuvo el menor deseo de apremiarla, de la misma manera que no habrÃa deseado apremiar un amanecer dorado—. Que sea usted tan diferente, cosa que al principio parecÃa una dificultad, un problema, empezó un dÃa a parecerme un placer, un gran placer. Me alegraba que fuera usted diferente. Y, sin embargo, si lo hubiese dicho nadie me habrÃa comprendido; no me refiero sólo a mi familia.
—HabrÃan dicho que soy un monstruo estrafalario, ¿no? —dijo Newman.
—HabrÃan dicho que jamás podrÃa ser feliz con usted… que era usted demasiado diferente; y yo habrÃa respondido que era justo por ser usted tan diferente por lo que yo podrÃa ser feliz. Pero habrÃan dado mejores razones que las mÃas. Mi única razón… —y volvió a hacer una pausa.