El Americano
El Americano Pero esta vez, en pleno amanecer dorado, Newman sintió el impulso de agarrar una nube rosa.
—¡Su única razón es que me ama! —murmuró con un ademán elocuente, y a falta de una razón mejor madame de Cintré se conformó con ésta.
Newman regresó al día siguiente, y en el vestíbulo, justo cuando entraba en la casa, se encontró con su amiga la señora Bread. Iba deambulando de un lado a otro con una actitud de honorable inactividad, y cuando los ojos de Newman se posaron sobre ella le dedicó una de sus reverencias. Acto seguido, dirigiéndose al criado que había recibido al visitante, dijo con la majestuosa mezcla de su superioridad vernácula y un tosco acento inglés: «Puede retirarse; tendré el honor de acompañar a monsieur». Sin embargo, a pesar de la mezcla Newman registró en su voz un ligero temblor, como si el tono de mandato no le fuese habitual. El hombre le lanzó una mirada impertinente pero se retiró con lentos andares, y la señora Bread guio a Newman al piso de arriba. A medio camino, la escalera tenía un recodo que formaba una pequeña plataforma. En el ángulo de la madera había una mediocre estatua de una ninfa del siglo XVIII, con una sonrisa boba, amarillenta y cuarteada. Aquí, la señora Bread hizo un alto y miró con tímida afabilidad a su acompañante.
—Conozco la buena nueva, señor —murmuró.