El Americano

El Americano

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—Tiene usted todo el derecho del mundo a ser la primera en saberlo —dijo Newman—. ¡Se ha tomado usted un interés tan cordial!

Como si esto pudiese ser una burla, la señora Bread se apartó y empezó a quitarle el polvo a la estatua.

—Supongo que me quiere dar la enhorabuena —dijo Newman—. Le estoy muy agradecido —y luego añadió—: El otro día me dio usted una gran satisfacción.

Ella se dio la vuelta; al parecer, esto le restituía la confianza.

—No piense que me lo han dicho; lo he adivinado. Pero al mirarle, cuando entraba usted, estaba segura de haber acertado.

—Es usted muy perspicaz —dijo Newman—. Estoy seguro de que, a su manera discreta, lo ve todo.

—No soy una necia, señor, gracias a Dios. Hay otra cosa que he adivinado —dijo la señora Bread.

—¿De qué se trata?

—No debo contárselo, señor; me parece que no se lo creería. En todo caso, no le agradaría.

—Ah, cuénteme sólo lo que me vaya a complacer —se rio Newman—. Así empezó usted.

—Bueno, señor, supongo que no le molestará oír que, cuanto antes acabe todo, mejor.

—¿Cuanto antes nos casemos, quiere decir? Para mí, mejor, sin duda.


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