El Americano

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Los telegramas de Newman fueron contestados con creces. Tan sólo había despachado tres misivas eléctricas y a cambio recibió no menos de ocho comunicados de enhorabuena. Se los metió en la cartera, y a la siguiente ocasión en que se encontró con la vieja madame de Bellegarde los sacó y se los enseñó. Esto, hay que confesarlo, fue una jugada ligeramente maliciosa; el lector debe juzgar hasta qué punto fue una ofensa venial. Newman sabía que a la marquesa le desagradaban sus telegramas, aunque no veía ningún motivo suficiente para ello. Por otro lado, a madame de Cintré le gustaban; y, siendo la mayoría de corte humorístico, la hicieron reír con desmesura y se interesó por el carácter de sus autores. Newman, ahora que había ganado su premio, sentía un curioso deseo de poner de manifiesto su triunfo. Tenía más que sospechas de que los Bellegarde lo estaban guardando en silencio, y de que en su selecto círculo no le estaban concediendo sino un eco limitado; y le agradaba pensar que, si se tomaba la molestia, podría, como decía él, romper todas las ventanas. A ningún hombre le gusta que le rechacen, y aun así Newman, si bien no se sentía halagado, tampoco es que estuviese exactamente ofendido. No contaba con esta buena excusa para su impulso, un tanto violento, de promulgar su felicidad; su sentimiento era de otro tipo. Quería que, por una vez, los jefes de la casa de Bellegarde le sintiesen; no sabía cuándo habría de tener una nueva oportunidad. Durante los seis últimos meses había tenido la impresión de que las miradas de la vieja dama y su hijo pasaban directamente por encima de su cabeza, y ahora se había propuesto que estuviesen a la altura de una raya que él personalmente tendría la satisfacción de trazar.


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