El Americano

El Americano

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—Es igual que ver cómo se va vaciando una botella cuando el vino se vierte demasiado despacio —le dijo a la señora Tristram—. Consiguen que me entren ganas de sacudirles los codos para forzarlos a derramar el vino.

A esto, la señora Tristram respondió que más le valdría dejarlos en paz y que hicieran las cosas a su modo.

—Ha de ser indulgente con ellos —dijo—. Es absolutamente natural que sigan un tiempo en el aire. Pensaron que le aceptaban cuando hizo usted su pedido, pero no son personas de imaginación, no podían proyectarse hacia el futuro, y ahora tendrán que empezar de nuevo. Pero sí son personas de honor, y harán todo lo que sea necesario.

Newman se sumió durante unos momentos en hondas cavilaciones.

—No soy duro con ellos —dijo al fin—; y, para demostrarlo, voy a invitarlos a todos a una fiesta.

—¿A una fiesta?

—Se ha estado usted riendo de mis grandes habitaciones doradas todo el invierno; le demostraré que sirven para algo. ¿Qué es lo más espléndido que se puede hacer aquí? Contrataré a todos los grandes cantantes de la ópera y a todas las primeras figuras del Théâtre Français, y ofreceré un espectáculo.

—¿Y a quién va a invitar?


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