El Americano
El Americano —A usted la primera. Y luego a la anciana y a su hijo. Y después a todos aquellos amigos suyos que he conocido en su casa o en otros lugares, a todos los que me hayan profesado un mÃnimo de cortesÃa, hasta el último de los duques y a sus esposas. Y además a todos mis amigos, sin excepciones: la señorita Kitty Upjohn, la señorita Dora Finch, el general Packard, C. P. Hatch y todos los demás. Y todos habrán de saber de qué se trata; esto es, de celebrar mi compromiso con la condesa de Cintré. ¿Qué le parece la idea?
—¡Me parece detestable! —dijo la señora Tristram. Y acto seguido—: ¡Me parece deliciosa!
Precisamente la tarde siguiente, Newman acudió al salón de madame de Bellegarde, donde la encontró rodeada de sus hijos, y la invitó a que cierta tarde a dos semanas vista honrase su pobre morada con su presencia.
La marquesa le miró fijamente.
—Querido señor mÃo —exclamó—, ¿qué es lo que quiere hacer conmigo?
—Presentarle a unas cuantas personas, y después colocarla en una silla muy cómoda y pedirle que escuche el canto de madame Frezzolini.
—¿Piensa ofrecer un concierto?
—Algo por el estilo.
—¿E invitar a una muchedumbre?
—A todos mis amigos, y espero que a algunos amigos suyos y de su hija. Quiero celebrar mi compromiso.