El Americano
El Americano A Newman le pareció que madame de Bellegarde se ponía pálida. Desplegó su abanico, un precioso y viejo abanico pintado del siglo pasado, y miró el dibujo, que representaba una fête champêtre: una dama con una guitarra, cantando, y un grupo de bailarines en torno a un Hermes enguirnaldado.
—Salimos tan poco —murmuró el marqués— desde la muerte de mi pobre padre…
—Pero mi querido padre sigue vivo, amigo mío —dijo su esposa—. Sólo estoy esperando a que se me invite para aceptar —y miró con cordial atrevimiento a Newman—. Será magnífica, estoy completamente segura.
Siento decir que, para deshonra de la galantería de Newman, la invitación no le fue concedida a esta dama en el acto; estaba dedicándole toda su atención a la marquesa. Ésta, al fin, alzó la vista y sonrió.
—No puedo permitir que me ofrezca usted una fête —dijo— hasta que yo le haya ofrecido una. Queremos presentarle a nuestros amigos; los invitaremos a todos. Lo deseamos vivamente. Debemos hacer las cosas en orden. Venga a verme en torno al día 25; le haré saber de inmediato la fecha exacta. No tendremos a nadie de tanta calidad como madame Frezzolini, pero vendrán personas muy distinguidas. Después podrá usted hablar de su fête —la vieja dama hablaba con cierto entusiasmo apresurado, sonriendo de una manera cada vez más simpática.