El Americano
El Americano —Charlando. Recuerde mis frÃvolas costumbres. En una conversación con una joven que se dedica al humilde oficio de limpiadora de guantes, y que tiene una pequeña tienda en la Rue Saint-Roch. Monsieur Nioche vive en la misma casa, doce escalones más arriba y cruzando el patio, por cuyo portal mal barrido ha estado entrando y saliendo la señorita Noémie durante los últimos cinco años. La pequeña limpiadora de guantes era una vieja conocida mÃa; era antes la amiga de un amigo, que se ha casado y ha abandonado este tipo de amistades. La veÃa a menudo en su compañÃa. Tan pronto como la distinguà tras su pequeño y lÃmpido escaparate, la recordé. Yo llevaba puesto un par de guantes inmaculadamente nuevos, pero entré y, poniendo las manos en alto, le dije: «Querida mademoiselle, ¿cuánto pide por limpiármelos?». «Querido conde —respondió inmediatamente—, se los limpiaré gratis». Me reconoció al instante, y tuve que escuchar su historia de los seis últimos años. Pero tras esto, la encarrilé por la de sus vecinos. Conoce y admira a Noémie, y me contó lo que le acabo de referir.