El Americano
El Americano Pasó un mes sin que monsieur Nioche volviese a aparecer, y Newman, que cada mañana leía dos o tres suicidios en Le Figaro, empezó a sospechar que, ante la pertinacia de su humillación, había buscado en las aguas del Sena un bálsamo para su orgullo herido. En la billetera llevaba anotada la dirección de monsieur Nioche, y un día que pasaba por su quartier decidió aclarar, en la medida de lo posible, sus dudas. Se dirigió a la casa de la Rue Saint-Roch cuyo número coincidía con el anotado, y en un bajo cercano observó, tras una hilera colgante de guantes primorosamente inflados, la atenta fisonomía de la informante de Bellegarde —una persona pálida vestida con una bata—, que avizoraba la calle como si esperase que aquel noble tan amable fuese a pasar de nuevo. Pero no fue a ella a quien recurrió Newman; se limitó a preguntarle a la portera si estaba monsieur Nioche en casa. La portera replicó, como invariablemente replican las porteras, que no hacía ni tres minutos que había salido su inquilino; pero después, al tomarle las medidas a la fortuna de Newman desde el agujerito cuadrado de la ventana de la portería, y viéndole, mediante un proceso no especificado, renovándoles los áridos lugares de la servidumbre a los ocupantes de los quintos pisos de los patios, añadió que monsieur Nioche probablemente habría tenido el tiempo justo de llegar al Café de la Patrie, al doblar la segunda esquina a la izquierda, local éste donde pasaba todas las tardes. Newman le agradeció la información, giró a la izquierda en la segunda esquina y llegó al Café de la Patrie. Titubeó un instante al ir a entrar; ¿acaso no era más bien mezquino «perseguir» al pobre viejo Nioche de ese modo? Pero le vino a la cabeza la imagen de un pequeño septuagenario macilento bebiendo de un vaso con agua y azúcar a lentos sorbitos, y dándose cuenta de su absoluta impotencia para endulzar su desolación. Newman abrió la puerta y entró, sin percibir al principio nada más que una densa nube de humo de tabaco. No obstante, a través de ésta, en un rincón, columbró al cabo la figura de monsieur Nioche, que estaba removiendo los contenidos de un vaso hondo y tenía sentada frente a él a una dama. La espalda de la dama estaba vuelta hacia Newman, pero monsieur Nioche percibió y reconoció en seguida a su visitante. Newman había avanzado hacia él, y el anciano se levantó despacio, mirándole fijamente con una expresión aún más agostada que de costumbre.