El Americano
El Americano —Si está bebiendo ponche caliente —dijo Newman—, supongo que no estará muerto. Venga, venga, no se levante.
Monsieur Nioche le miró de hito en hito, con la mandÃbula caÃda y sin atreverse a tenderle la mano. La dama, que se habÃa sentado de cara a él, se dio la vuelta en su sitio y miró hacia arriba con un brioso cabeceo, revelando los agradables rasgos de la hija de monsieur Nioche. Ésta miró con atención a Newman para ver cómo él la miraba a ella, y acto seguido —no sé qué es lo que descubrirÃa— dijo cortésmente:
—¿Qué tal está, monsieur? ¿No quiere venir a nuestro rinconcito?
—¿Ha venido… ha venido usted en mi busca? —preguntó muy quedamente monsieur Nioche.
—Fui a su casa para ver qué habÃa sido de usted. Pensé que podrÃa estar enfermo —dijo Newman.
—Es muy amable por su parte, como siempre —dijo el anciano—. No, no estoy bien. SÃ, estoy enfermo.
—Dile a monsieur que se siente —dijo mademoiselle Nioche—. Garçon, acerca una silla.
—¿Nos hará el honor de sentarse? —dijo monsieur Nioche, con una actitud timorata y un acento cuyo timbre extranjero se habÃa redoblado.