El Americano
El Americano Newman se dijo a sà mismo que lo mejor serÃa presenciar el asunto hasta el final, y se sentó en una silla al otro extremo de la mesa, con mademoiselle Nioche a su izquierda y su padre al otro lado.
—Tomará usted algo, por supuesto —dijo la señorita Noémie, que estaba dando sorbitos a una copa de madeira. Newman dijo que le parecÃa que no, y entonces ella se volvió hacia su padre con una sonrisa.
—Qué honor, ¿eh? Ha venido sólo por nosotros.
Monsieur Nioche apuró de un trago largo la bebida picante, y miró a través de unos ojos que en consecuencia se habÃan puesto más lacrimosos.
—Pero no ha venido usted por mÃ, ¿eh? —siguió mademoiselle Noémie—. ¿No esperaba encontrarme aquÃ?
Newman observó el cambio de su aspecto. Estaba muy elegante, y más bonita que antes; parecÃa uno o dos años mayor, y estaba claro que, al menos en lo que cabÃa ver, no habÃa hecho sino ganar en lo que a respetabilidad se refiere. TenÃa el aspecto «propio de una dama». VestÃa de colores suaves, y lucÃa su traje caramente discreto con una gracia que bien podrÃa haber sido el fruto de años de práctica. Su serenidad y su aplomb de ahora se le antojaron a Newman verdaderamente infernales, y se inclinó a coincidir con Valentin de Bellegarde en que la joven era muy sorprendente.