El Americano
El Americano —No, a decir verdad, no he venido por usted —dijo—, y no esperaba encontrarla. Me habÃan dicho —añadió al momento— que habÃa abandonado usted a su padre.
—Quelle horreur! —exclamó mademoiselle Nioche con una sonrisa—. ¿Acaso abandona alguien a su padre? He aquà la prueba de lo contrario.
—SÃ, una prueba convincente —dijo Newman, echándole un vistazo a monsieur Nioche.
El anciano, con sus ojos apagados y suplicantes, sorprendió de refilón su mirada, y entonces, alzando su vaso vacÃo, fingió que volvÃa a beber.
—¿Quién le dijo eso? —quiso saber Noémie—. Lo sé perfectamente. Fue monsieur de Bellegarde. ¿Por qué no dice que s� No es usted educado.
—Me siento violento —dijo Newman.
—Yo soy mejor ejemplo. Sé que monsieur de Bellegarde se lo dijo. Sabe mucho de mÃ… o eso cree él. Se ha tomado muchas molestias para enterarse, pero la mitad no es cierto. En primer lugar, no he dejado a mi padre; le quiero demasiado. ¿No es asÃ, padrecito? Monsieur de Bellegarde es un joven encantador; serÃa imposible ser más ingenioso. También yo sé mucho sobre él; le puede decir eso la próxima vez que le vea.
—No —dijo Newman con una mueca firme—; no voy a darle ningún mensaje de su parte.