El Americano

El Americano

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—Como usted guste —dijo mademoiselle Nioche—. No dependo de usted, ni tampoco lo hace monsieur de Bellegarde. Se interesa mucho por mí; puede apañárselas solo. Es todo un contraste con usted.

—Ah, es muy diferente a mí, no lo dudo —dijo Newman—. Pero no llego a saber en qué sentido lo dice usted.

—Lo digo en este sentido. Ante todo, jamás se ha ofrecido a servirme una dot y un marido —y, sonriendo, mademoiselle Nioche hizo una pausa—. No digo que esto hable a favor de él, puesto que le hago a usted justicia. Por cierto, ¿qué fue lo que le llevó a hacerme una oferta tan extraña? No tenía ningún interés por mí.

—Sí, sí que lo tenía —dijo Newman.

—¿Y cómo es eso?

—Me habría dado un gran placer verla casada con un joven respetable.

—¡Con seis mil francos de renta! —exclamó mademoiselle Nioche—. ¿A eso le llama interesarse por mí? Me temo que sabe usted muy poco de las mujeres. No fue usted galant; no fue lo que pudo haber sido.

Newman enrojeció con cierta fiereza.

—¡Venga! —exclamó—. Eso es más bien fuerte. No tenía ni idea de que hubiese sido tan ruin.

Mademoiselle Nioche sonrió a la vez que recogía su manguito.


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