El Americano

El Americano

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—Alabada sea su modesta imaginación —dijo Valentin—. He ido a verla… tres veces en cinco días. Es una anfitriona encantadora; hablamos de Shakespeare y de los vidrios musicales[24]. Es enormemente ingeniosa y es un caso muy curioso, nada ordinaria ni con ganas de serlo… decidida a no serlo. Tiene la intención de cuidar muy bien de sí misma. Es extremadamente perfecta; es tan dura y está tan bien definida como la figurilla de una ninfa marina en una talla antigua, y le garantizo que no tiene ni una pizca más de sentimiento o de corazón que si la hubiesen extraído de una enorme amatista. Ni con un diamante se le puede arañar. Enormemente bonita (de verdad que cuando se la conoce es maravillosamente bonita), inteligente, decidida, ambiciosa, sin escrúpulos, capaz de mirar a un hombre estrangulado sin que se le mude el color, es, a fe mía, extremadamente entretenida.

—Una buena lista de atractivos —dijo Newman—; podrían pasar por la descripción que hace un detective de su criminal predilecto. Yo las resumiría con otra palabra distinta de «entretenida».

—Vaya, ésa es justo la palabra que hay que usar. No digo que sea loable ni adorable. No la quiero como esposa ni como hermana. Pero es una pieza de maquinaria muy curiosa y sutil; me gusta verla en funcionamiento.


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