El Americano

El Americano

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—Bueno, yo también he visto unas cuantas máquinas muy curiosas —dijo Newman—; y una vez, en una fábrica de agujas, vi cómo a un caballero de la ciudad, que se había acercado demasiado, una de ellas lo enganchaba tan limpiamente como si le hubiese pinchado un tenedor, se lo tragaba en derechura y lo molía a pedacitos.

Entrada ya la noche, al regresar a su domicilio tres días después de que madame de Bellegarde regatease con él —la expresión es lo bastante exacta— sobre el convite en el que le iba a presentar ante el mundo, se encontró en la mesa una tarjeta de considerables dimensiones que le anunciaba que esta dama estaría en casa el día 27 de ese mes a las diez de la noche. La prendió del marco de su espejo y la miró con cierta complacencia; le parecía un agradable emblema de su triunfo, una prueba documental de que su premio estaba ganado. Repantigado en una butaca, estaba mirándola amorosamente cuando Valentin de Bellegarde entró en la habitación. La mirada de Valentin siguió en el acto la dirección de la de Newman, y reparó en la invitación de su madre.

—¿Y qué es lo que han puesto en la esquina? —preguntó—. ¿No están los «música», «baile» o tableaux vivants de costumbre? Al menos, deberían poner: «Un americano».

—Bueno, seremos varios —dijo Newman—. Hoy la señora Tristram me ha dicho que había recibido una tarjeta y que había enviado su aceptación.


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