El Americano

El Americano

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—Ah, entonces contará usted con el apoyo de la señora Tristram y su marido. Mi madre podría haber puesto en la tarjeta: «Tres americanos». Pero sospecho que no se va a quedar usted sin diversión. Verá a muchísimas personas de las más distinguidas de Francia. Me refiero a esas que tienen pedigrís larguísimos y van con la nariz en alto, y todo eso. Algunas son tremendamente idiotas; le aconsejo que lo tome con cautela.

—Bah, supongo que me caerán bien —dijo Newman—. Estoy dispuesto a que durante estos días me gusten todos y todo; estoy de un humor excelente.

Valentin le miró un momento en silencio, y luego se dejó caer en una silla con un inusitado aire de hastío.

—¡Hombre afortunado! —dijo con un suspiro—. Tenga cuidado con volverse ofensivo.

—Si alguien elige ofenderse, que lo haga. Tengo la conciencia tranquila —dijo Newman.

—Entonces, ¿de verdad está enamorado de mi hermana?

—¡Sí, señor! —dijo Newman tras una pausa.

—¿Y ella también?

—Supongo que soy de su agrado —dijo Newman.

—¿Qué tipo de hechizos ha utilizado? —preguntó Valentin—. ¿Cómo corteja usted?

—Ah, no tengo reglas generales —dijo Newman—. De cualquier manera que parezca oportuna.


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