El Americano

El Americano

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—¿A qué habría de temer? No se me puede hacer daño a no ser que se me mate de alguna manera violenta. Eso sí que me parecería una estafa tremenda. Quiero vivir y tengo la intención de vivir. No me puedo morir de enfermedad, soy demasiado ridículamente fuerte; y la hora de morir de viejo aún tardará un rato en llegarme. No puedo perder a mi mujer porque la cuidaré muy bien. Quizá pierda mi dinero o una buena parte de él, pero no tendrá importancia porque volveré a ganar el doble. Así pues, ¿a qué he de temer?

—¿No tiene miedo de que para un hombre de negocios americano sea más bien un error casarse con una condesa francesa?

—Para la condesa, posiblemente sí; ¡pero no para el hombre de negocios, si es que se refiere usted a mí! Pero mi condesa no se va a quedar decepcionada: ¡respondo por su felicidad! —y como si sintiera el impulso de celebrar su feliz certeza en torno a una fogata, se levantó para arrojar un par de troncos al ya llameante hogar.

Valentin observó por unos instantes la llama avivada, y luego, con la cabeza apoyada en la mano, soltó un suspiro melancólico.

—¿Le duele la cabeza? —preguntó Newman.

—Je suis triste —dijo Valentin, con simplicidad gala.


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