El Americano
El Americano —Está triste, ¿eh? ¿Se trata de la mujer de la que dijo la otra noche que la adoraba y que no se podÃa casar con ella?
—¿De verdad dije eso? Después me pareció que se me habÃan escapado las palabras. Delante de Claire fue de mal gusto. Pero me sentÃa mohÃno cuando hablaba, y me sigo sintiendo mohÃno. ¿Por qué me habrá presentado usted a esa muchacha?
—Ah, asà que se trata de Noémie, ¿verdad? ¡Que el cielo nos asista! No querrá usted decir que sufre de mal de amores por ella, ¿no?
—Mal de amores, no; no es una gran pasión. Pero llevo clavado a ese despiadado diablillo en mis pensamientos; me ha mordido con esos dientecillos uniformes que tiene; tengo la sensación de que podrÃa volverme rabioso y cometer alguna locura. Todo esto es muy mezquino, asquerosamente mezquino. Es la mujerzuela más mercenaria de toda Europa. Y sin embargo, de veras que afecta a mi paz de espÃritu; me corretea a todas horas por la cabeza. Contrasta extraordinariamente con la relación noble y virtuosa que tiene usted con ella; ¡un vil contraste! Resulta bastante lamentable que sea esto lo mejor que puedo hacer por mà mismo a mi respetable edad. En somme, soy un joven encantador, ¿no? No puede usted garantizar cuál será mi futuro, como hace con el suyo.