El Americano
El Americano —Deje a esa chica, punto —dijo Newman—; no se vuelva a acercar a ella y le irá bien en el futuro. Véngase a América y le conseguiré un empleo en un banco.
—Es fácil decir que la deje —dijo Valentin con una risa leve—. No se puede dejar a una mujer bonita asà como asÃ. Hay que ser cortés, incluso con Noémie. Además, no voy a consentir que piense que la temo.
—Entonces, entre la cortesÃa por un lado y la vanidad por otro, ¿va usted a hundirse más en el fango? Consérvelas para algo mejor. Recuerde, también, que yo no querÃa presentársela; usted insistió. A mà me producÃa una sensación bastante inquietante.
—Ah, no se lo reprocho —dijo Valentin—. ¡Dios me libre! Por nada del mundo me habrÃa perdido conocerla. Es verdaderamente extraordinaria. El modo en que ha desplegado ya las alas es asombroso. No sabrÃa decir cuándo me ha entretenido más una mujer. Pero discúlpeme —añadió al instante—, a usted no le entretiene saber a través de terceros, y el tema es inmoral. Hablemos de otra cosa.