El Americano

El Americano

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Cuando el telón hubo caído al concluir el primer acto de Don Giovanni, Newman se dio media vuelta en el asiento para observar la sala. Justo entonces, en uno de los palcos, vio a Urbain de Bellegarde y a su esposa. La pequeña marquesa estaba muy ocupada haciendo un barrido de la sala con unos anteojos, y Newman, suponiendo que le veía, decidió ir a desearle buenas tardes. Monsieur de Bellegarde estaba apoyado contra una columna, inmóvil, la mirada al frente, con una mano en la pechera de su chaleco blanco y con la otra sujetándose el sombrero sobre el muslo. Newman estaba a punto de dejar su sitio cuando advirtió, en aquella oscura región dedicada a los palcos pequeños que en Francia reciben el nada inadecuado nombre de «bañeras», un rostro que ni la tenue iluminación ni la distancia llegaban a volver del todo impreciso. Era el rostro de una mujer joven y bonita, y estaba coronado por una coiffure de rosas y diamantes. La persona en cuestión estaba echando un vistazo por toda la sala, y su abanico se movía de atrás hacia adelante con calculada elegancia; cuando lo bajó, Newman percibió unos regordetes hombros blancos y el borde de un vestido rosado. Junto a ella, muy cerca de sus hombros y hablando, evidentemente con un fervor al que ella se complacía en apenas hacer caso, estaba sentado un joven con la cara colorada y el cuello de la camisa muy bajo. Una rápida ojeada dejó a Newman fuera de toda duda; la linda joven era Noémie Nioche. Newman estudió con atención las profundidades del palco, pensando que quizá su padre estuviese presente, pero, a juzgar por lo que conseguía ver, la elocuencia del joven no tenía más oyentes. Al cabo, Newman se abrió camino para salir, y al hacerlo pasó bajo la baignoire de mademoiselle Noémie. Ella le vio acercarse, y le dedicó un gesto y una sonrisa que parecían destinados a asegurarle que seguía siendo una chica de natural bondadoso, a pesar de su envidiable ascenso en la vida. Newman pasó al foyer y lo atravesó. De pronto, se detuvo delante de un caballero que estaba sentado en uno de los divanes. Los codos del caballero estaban apoyados sobre sus rodillas; inclinado hacia adelante, miraba fijamente el pavimento, al parecer perdido en reflexiones de corte bastante funesto. Pero a pesar de su cabeza gacha Newman le reconoció, y al momento se sentó a su lado. Entonces el caballero alzó la mirada y exhibió el semblante expresivo de Valentin de Bellegarde.


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