El Americano

El Americano

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—Bueno, me alegro de que la considere tan desagradable —replicó Newman—. Supongo que se habrá tragado usted todas aquellas preciosas palabras que le dedicó la otra noche. La comparó con un zafiro, o un topacio, o una amatista… alguna piedra preciosa; ¿cuál era?

—No me acuerdo —dijo Valentin—, ¡quizá con un carbúnculo![26] Pero esta vez no me va a dejar en ridículo. No tiene ningún encanto auténtico. Es caer muy bajo, equivocarse con una persona así.

—Le felicito —declaró Newman— por habérsele caído la venda de los ojos. Es un gran triunfo, debería sentirse mejor.

—¡Sí, me hace sentir mejor! —dijo alegremente Valentin. Y a continuación, controlándose, miró de soslayo a Newman—. Me da la sensación de que se está riendo usted de mí. Si no fuera de la familia, me lo tomaría a mal.

—No, no me estoy riendo, ni tampoco soy de la familia. Me hace sentir mal. Es usted un tipo demasiado inteligente, está hecho de una pasta demasiado buena para perder el tiempo con altibajos causados por ese tipo de mercancías. ¡Hacer matizaciones sutiles sobre la señorita Nioche…! La idea me resulta enormemente absurda. Dice que ha renunciado usted a tomársela en serio; pero mientras se la tome de alguna manera, se la estará tomando en serio.


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