El Americano
El Americano Valentin se dio media vuelta en su sitio y miró a Newman durante un rato, frunciendo el entrecejo y frotándose las rodillas.
—Vous parlez d’or. Pero tiene unos brazos asombrosamente bonitos. ¿Querrá creer que no lo supe hasta esta tarde?
—Pero, aun asÃ, es una pequeña y vulgar canalla, recuérdelo —dijo Newman.
—SÃ; el otro dÃa tuvo el mal gusto de ponerse a insultar a su padre, a la cara, en mi presencia. Nunca lo habrÃa esperado de ella; ¡ay, fue toda una decepción!
—Pero si quiere tanto a su padre como a su felpudo —dijo Newman—. Eso lo descubrà la primera vez que la vi.