El Americano

El Americano

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—Ah, ésa es otra cuestión; tiene derecho a pensar lo que quiera del viejo mendigo. Pero lo de insultarle fue mezquino; me dejó bastante perplejo. Tuvo que ver con unas enaguas de volantes que él tenía que haber recogido de la lavandera; al parecer, no había cumplido con su elegante obligación. Casi le pega un sopapo. Él se quedó mirándola con sus pequeños ojos ausentes y alisándose el viejo sombrero con el bajo de la chaqueta. Al final se dio la vuelta y se marchó sin decir palabra. Entonces yo le dije que era de muy mal gusto hablarle así al padre de uno. Ella dijo que me agradecería mucho que se lo hiciese saber cada vez que su gusto estuviera en falta; que tenía una confianza inmensa en el mío. Le dije que no me podía tomar la molestia de educar sus modales; que había supuesto que ya habían sido educados, siguiendo los mejores modelos. Me había decepcionado. No obstante, lo superaré —dijo Valentin alegremente.

—¡Ah, el tiempo lo cura todo! —respondió Newman con jocosa sobriedad. Permaneció un momento en silencio, y después añadió con otro tono—: Quisiera que pensara en lo que le dije el otro día. Véngase con nosotros a América, y le pondré en el camino de los negocios. Tiene usted muy buena cabeza, pero no la usa.

Valentin hizo una simpática mueca.

—Mi cabeza le está muy agradecida. ¿Se refiere a ese puesto en un banco?


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