El Americano
El Americano Newman asintió entre protestas, dejó marcharse a su amigo y después se trasladó al pequeño y pintoresco apartamento de la Rue d’Anjou. Pasó más de una hora antes de que volviese Valentin, pero cuando lo hizo pudo anunciar que había encontrado a uno de los amigos deseados, y que este caballero se había responsabilizado de conseguir un socio. Newman había estado sentado, sin luz, junto al fuego debilitado de Valentin, al que había arrojado un tronco; la llama jugueteaba por la sala pequeña y recargada, creando fantásticos destellos y sombras. Escuchó en silencio el informe sobre lo que había ocurrido entre él y el caballero cuya tarjeta llevaba en el bolsillo —monsieur Stanislas Kapp, de Estrasburgo— tras su regreso al palco de mademoiselle Nioche. Esta hospitalaria joven había columbrado a un conocido en el otro extremo del edificio, y había expresado su enojo por el hecho de que éste no tuviese la atención de ir a hacerle una visita. «¡Ah, déjele en paz! —había exclamado monsieur Stanislas Kapp—. Ya hay demasiadas personas en el palco». Y había clavado una mirada demostrativa sobre monsieur de Bellegarde. Valentin había replicado al punto que, si había demasiadas personas en el palco, a monsieur Kapp le sería fácil disminuir el número. «¡Estaré encantado de sujetarle a usted la puerta para que salga!», exclamó monsieur Kapp. Y Valentin respondió: «¡Será un placer arrojarle a la platea!». «¡Ah, armen bulla, por favor, y salgan en los periódicos!», había gritado con alborozo la señorita Noémie. «Monsieur Kapp, échele; o, monsieur de Bellegarde, arrójele a la platea, al foso de la orquesta, ¡adonde sea! No me importa quién haga qué, con tal de que monten un número». Valentin respondió que no montarían ningún número, sino que el caballero sería tan amable de salir con él al pasillo. En el pasillo, tras otro breve intercambio de palabras, había habido un intercambio de tarjetas. Monsieur Stanislas Kapp estaba muy tenso. Evidentemente, estaba empeñado en demostrar que era él el ofendido.