El Americano
El Americano —No creo que llegue usted a entenderlo del todo, y no creo que yo sea capaz de hacérselo entender. Ella comprendió la situación; sabÃa lo que se cocÃa en el ambiente; nos estaba mirando.
—¡También un gato puede mirar a un rey! ¿Qué diferencia hay?
—Vaya, un hombre no se puede desdecir delante de una mujer.
—Para mà no es una mujer. Usted mismo dijo que era una piedra —exclamó Newman.
—Bueno —replicó Valentin—, sobre gustos no hay nada escrito. Es una cuestión de sensibilidad; se mide con el sentido del honor de cada uno.
—¡Ah, maldito sea su sentido del honor! —exclamó Newman.
—Esto es hablar por hablar —dijo Valentin—; las palabras ya pasaron, y el asunto está decidido.
Newman se dio la vuelta y cogió su sombrero. Entonces, haciendo una pausa con la mano sobre la puerta, preguntó:
—¿Qué van a utilizar?
—Eso le corresponde elegirlo a monsieur Stanislas Kapp, como parte desafiada. Mi propia elección serÃa una espada corta y ligera. La manejo bien. Soy un tirador mediocre.