El Americano
El Americano En el curso del día, Newman recibió unas breves líneas de Valentin, en las que le decía que la decisión era que él y su adversario cruzasen la frontera, y que iba a coger el expreso nocturno a Ginebra. Tendría tiempo, aun así, de cenar con Newman. A media tarde, Newman fue a ver a madame de Cintré, pero su visita fue breve. Estaba tan afable y simpática como siempre, pero triste, y confesó, cuando Newman le acusó de tener los ojos rojos, que había estado llorando. Valentin había estado con ella un par de horas antes, y su visita le había dejado una dolorosa sensación. Se había reído y había chismorreado, no le había traído malas noticias; sólo que, a su manera, había estado bastante más afectuoso que de costumbre. Su ternura fraternal la había conmovido, y, al marcharse, madame de Cintré había prorrumpido en sollozos. Había sentido como si algo extraño y triste fuese a ocurrir; había intentado alejar la fantasía razonando, y el esfuerzo sólo le había dado dolor de cabeza. Newman, claro está, tenía forzosamente la lengua atada sobre el duelo, y su talento dramático no estaba a la altura de satirizar el presentimiento de madame de Cintré con tanta sutileza como exigía una salvaguardia perfecta. Antes de marcharse le preguntó a madame de Cintré si Valentin había visto a su madre.
—Sí —respondió—, pero no la ha hecho llorar.