El Americano
El Americano Fue en el propio apartamento de Newman donde cenó Valentin. Se había traído la maleta, para poder así desplazarse directamente al tren. Monsieur Stanislas Kapp se había negado en redondo a presentar sus excusas, y él, como era obvio, por su parte no tenía ninguna que ofrecer. Valentin había descubierto con quién estaba tratando. Monsieur Stanislas Kapp era hijo y heredero de un rico cervecero de Estrasburgo, y era un joven de temperamento sanguíneo… y sanguinario. Estaba despilfarrando la cervecera paterna, y aunque en general se le tenía por un buen tipo, ya se había observado que después de cenar se ponía pendenciero. «Que voulez-vous? —dijo Valentin—. Si se ha criado con cerveza, no soporta el champán». Había escogido pistolas. Valentin, durante la cena, tuvo un apetito excelente; se había propuesto, con vistas a su largo viaje, comer más de lo habitual. Se tomó la libertad de sugerirle a Newman una leve modificación en la receta de cierta salsa de pescado; pensaba que merecería la pena mencionársela al cocinero. Pero la cabeza de Newman no estaba para salsas de pescado; tenía un disgusto enorme. Sentado, mirando cómo su bondadoso e inteligente amigo daba cuenta de su excelente ágape con la delicada parsimonia del epicureísmo hereditario, la locura de que un tipo tan encantador se marchase de viaje para exponer su agradable y joven vida por mor de monsieur Stanislas y mademoiselle Noémie le golpeó con una fuerza insoportable. Le había tomado afecto a Valentin, ahora se daba cuenta de hasta qué punto; y su sensación de impotencia no hacía sino aumentar su exasperación.