El Americano
El Americano —Bueno, puede que estas cosas estén muy bien —exclamó al fin—, pero confieso que no llego a verlo. Quizá no pueda impedÃrselo, pero al menos puedo protestar. Protesto, y violentamente.
—Mi querido amigo, no arme una escena —dijo Valentin—. Las escenas en estos casos son de muy mal gusto.
—Su duelo sà que es una escena —dijo Newman—; ¡no es otra cosa! Es un miserable asunto teatral. ¿Por qué no se lleva sin más una banda de música? Es una maldita barbaridad y una maldita perversión, las dos cosas.
—Ah, no puedo empezar, a estas horas del dÃa, a defender la teorÃa del duelo —dijo Valentin—. Es nuestra costumbre, y creo que es una buena cosa. Al margen de la bondad de la causa por la que se pueda librar un duelo, posee una especie de encanto pintoresco que, en esta era de vil prosa, a mi juicio lo hace muy recomendable. Es una reliquia de una época de temperamento más elevado; hay que aferrarse a ella. No lo dude, un duelo nunca está de más.