El Americano

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CAPÍTULO XVIII

A la mañana siguiente Newman fue a ver a madame de Cintré, calculando su visita para llegar después del almuerzo de mediodía. En el patio de la mansión, frente al pórtico, estaba el viejo carruaje de madame de Bellegarde. El criado que abrió la puerta respondió a la pregunta de Newman con un murmullo ligeramente turbado y vacilante, y en ese preciso momento la señora Bread apareció al fondo, con su habitual semblante anublado y vestida con un gran sombrero negro y un chal.

—¿Qué ocurre? —preguntó Newman—. ¿Está madame la Comtesse en casa, o no?

La señora Bread avanzó, mirándole fijamente; Newman observó que sostenía entre los dedos, con mucha delicadeza, una carta sellada.

—La condesa ha dejado un mensaje para usted, señor; ha dejado esto —dijo la señora Bread a la vez que le presentaba la carta, que Newman cogió.

—¿Dejado? ¿Está fuera? ¿Se ha marchado?

—Se marcha, señor; abandona la ciudad —dijo la señora Bread.

—¡Abandona la ciudad! —exclamó Newman—. ¿Qué ha pasado?

—No me corresponde a mí decirlo, señor —dijo la señora Bread, mirando al suelo—. Pero pensé que esto acabaría sucediendo.


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